lunes, 2 de diciembre de 2013

El ruido y sus gestores


A mí me gusta el silencio. Es un bien que está en peligro de extinción. Considero que aun no lo han comprendido los vivos para valorarlo.  Por eso me encantaría ser ermitaña, para estar en un lugar silencioso, rodeada de naturaleza, disfrutando los sonidos que no atropellan mis tímpanos ni joden mi cabeza.  Pero la verdad es que cada día es más difícil lograr encontrar un espacio que nos ofrezca tranquilidad.  Lo que más fastidia es que no importa cuánta paz deseen muchos, los que no les importa llegan y se pasan el respeto o la sana convivencia por el culo.  Es así, sencillo. Soy malo, soy ruidoso, soy un perdedor de mierda, una escoria humana, un ignorante, llaga de la humanidad y jodo a los 100 que tal vez quieren estar tranquilos.  1 contra 100. 10 contra 100. No importa.  Les tememos, los respetamos y los recompensamos. Los recompensan las leyes, el sistema y el estado.  Intento encontrar una buena explicación sociológica, psicológica, política, religiosa a esto y nada puede darme el sosiego que necesito. Cada vez que lo explicamos lo justificamos y eso ya se pasó de la raya.


Estos días en que el ruido se enseñorea de cada rincón de este pedazo de tierra me pregunté cuáles otros seres vivos sufren a raíz de esto.  ¿Los perros? Sí.  ¿Los gatos? Ajá.  ¿Las aves que tenemos cautivas en nuestras casas o las que vuelan libres por ahí? También. ¿Vacas, caballos, cerdos, reptiles, aves de corral? Ajá. ¡Todas! ¿Hormigas? Decidí en mis días libres observar las hormigas que llegan a la casa de mis padres. Como les he dicho antes, no es observación científica. La cosa es que grité, no tan alto, di cantazo en el suelo, intenté hacer sonidos roncos, que simularan vibración… nada de esto altero significativamente su desespero ante las migajas regadas en el plato de comida del perro.  Únicamente cuando di el golpe en el suelo se detuvieron, algunas, por unos microsegundos.  Observé también al perro de casa, al del vecino, observé las reinitas que visitan el jardín de mi madre. De todos, las hormigas eran las más tranquilas.


Donde viven mis padres hicieron una cancha en unos terrenos tras el vecindario. En ese terreno debe haber muchos hormigueros, pues en el patio de casa los hay por temporadas. No hay problemas con que las hormigas construyan sus hormigueros lejos de donde pisamos nosotros.  Tampoco hay problemas con que se construya una cancha y un pequeño parque pasivo para que haya sana diversión, sy los idiotas que son el futuro de este país tengan alternativas al ocio, las drogas y la delincuencia.  Se supone que esto promueve la sana convivencia. El problema está en quienes la usan.  De todas las casas que rodean la cancha, digamos unas 40 o 50 casas, pocos usan en el espacio para esparcimiento. O quienes las viven son muy mayores ya o no tienen la fuerza de voluntad para competir con los usuarios habituales.  No.  A ella llegan chamaquitos de corta edad, de una barriada un poco separada del vecindario, a gritar, tirar piedras a su techo de zinc, explotar pirotecnia, poner alarmas, y los mas “adultos” van con sus autos a sonar sirenas o poner música  con megas bocinas a to volumen.  El resto de las familias o los viejos que viven en el área no tienen derecho a tener tranquilidad ni paz. Dicho sea de paso, las hormigas ni los demás animales tampoco. 


Pensaba mientras las miraba antes de levantar el plato para fregarlo, ¿sienten ellas ese revolú que siento yo?  ¿Les tiembla el pulso cada vez que un cuarto de dinamita o “cheribom” estremece las columnas de la cancha de acero y las ventanas de nuestras casas? Si se está enfermo o cansado o simplemente se quiere estar en su hamaca con algo de tranquilidad no se puede. Allí están, a menos de 15 metros, la manada de bestias desconsideradas que gritan, se cagan en dios, en los orishas, en krishna, en sus madres,  y sus padres, sus abuelos, se burlan de todo el que no es como ellos suponen que deben ser, el gordo, el flaco, el afeminado, la tomboy, el viejo, el cojo, el evangélico, el ateo, el independentista, el amargado, el feliz, de TODOS! Hacen repertorios de sus mejores palabrotas, lanzan piedras, encienden su reggaetón con la mejor selección de música para devaluar a la mujer y hablar de cómo coger (o violar, como fumar pasto (que ojala y fuera el pasto lo que los jode) o meterse perico.  Dan las nueve de la noche y piensas, carajo, ya mismo se van a sus casas. Claro, porque tienen casas y madres y padres o abuelos que los crían. Pero, no, esa no es la hora, podemos ver el reloj caminar lentamente a la esquina de las 11 o 12 de la noche y allí está reunido el paquetito que heredará este país.  Llamas a la policía, escribes a la alcaldía (quien tuvo la brillante idea de construir en un lugar así la cancha), haces cualquier cosa, solo para lograr que haya un poco de la tranquilidad que antes había en ese pedacito de vecindario un tantito de silencio, mas respeto, menos alboroto desmedido e irracional. Pero nada ocurre. (Aquí leerán muchos “peros”).  Los lugares donde viven o duermen estos chamacos tienen cierta paz.  Apuesto mi riqueza a que también tienen hormigas y mascotas y viejos o personas que desean tranquilidad.  Allí los adorna alguna que otra bachata hasta las siete de la noche, uno que otro grito. Pero nosotros, los del otro lao, tenemos que aguantar a sus pilemierdas hacer todo tipo de estupideces robándonos la poca tolerancia que nos queda.

Ya no sé cómo reaccionar ni qué hacer.  Vengo de una familia que fomenta la paz (aunque esto a veces me reviente).  Y sufro, sufro porque todos, todos, todos los días mis padres, mis tías y mis vecinos de toda la vida se enfrentan a esta mierda.  Ellos tienen que lidiar con la mierda que dejan los caballos (maltratados y jodidos) en la carretera porque a las joyas del otro lao les gusta pasearlas por mi calle. Tienen que lidiar con las sirenas y las bocinas de los carros, con las motoras que se aceleran constantemente en el espacio de la cancha, con los “niños” que gritan todo el tiempo, mas de dos horas corridas, todo tipo de improperios que incluso a mí, que soy mal hablá, terminan agotándome emocionalmente.  Ahora la moda de los que, ay! Sé que estoy siendo lo peor que haya sido nunca, pero que se joda, así me siento!!, la moda de los que poco cerebro tienen porque no sirven para nada, ni para trabajar, ni para aportar ni para hacer nada que contribuya a un mejor país, tienen como moda, abrir los baúles de sus carros (que no sé cómo pagan!) y exhibir el reguerete de bocinas con luces de neón, pasar con la música a toh tren, lentos, paseándose entre las casas de las gentes que no hacemos ruido, jodiendo la noche o el medio día, o la tarde!  El asunto, antes de irme de lo importante y lo medular, las hormigas siguen su ajoro entre la comida, su trote desesperado para cargar alguito hasta el boquete que tienen bajo las escaleras que dan para el patio.  No parecen sentir los petardos, no parecen inmutarse por este continuo aguacero que nos ha curtido deliciosamente este viernes (denominado negro para los grandes intereses).  Ellas están concentradas, obviando el mundo y sus debacles cotidianos. Entonces, tomo el plato, voy hasta el fregadero del patio, echo en el zafacón las sobras mínimas de la comida del perro, me quedo pensando. Ya no escucho los petardos, ni la música ni los gritos, sólo pienso, metida en ese boquete oscuro que añoro a veces y provoco otras tantas con xanax, coño. Deberíamos ser como hormigas. Ellas son dichosas. Nos doblan la existencia sobre esta tierra, nos pasan por mucho en convivencia, no le temen  al exterminio, ni a la quiebra. Qué dichosas las hormigas. De seguro sus vecinos no joden como los nuestros.  

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