Las hormigas
tienen por costumbre llegar sin que sean invitadas a manjares y comidas que no
fueron pensadas para ellas. Es una
conducta que hasta cierto punto me deja fascinada. No pedirán permiso para morir de hambre ni
claudicaran ante su necesidad instintiva de almacenar comida. Hace algunos días, estando en mi casa, me
preparé un delicioso pan de canela con margarina. Coloqué el utensilio de untar
la margarina en el fregadero, para fregarlo luego de terminar el pedazo de pan
y mi jugo de uva. No pasaron cinco minutos, es más, decir cinco minutos es
mucho. Fue tan rápida mi acción de comer, tragar y mojarme la boca con el jugo de
uva que podría competir en cuestiones de esas de tragar comida por un tubo y
siete llaves a toda prisa.
Pero bien,
las hormigas. Como les decía, deje el utensilio
dentro del fregadero, complete mi merienda y al regresar con el vaso en la mano
veo, asombrada y boquiabierta, el panorama que se pintaba en mi cocina. El fregadero color plateado, como casi todos
los fregaderos de este país, se había convertido en un mapa majestuoso. Pequeños
caminos oscuros dividían la zona. Eran como fronteras. Todas esas fronteras
tenían un lugar de inicio en común y uno de partida. O viceversa. El punto era el utensilio. Ahí,
cubierto enteramente, yacía él con la margarina restante. Me dio escalofríos. Son animales diminutos
que, al menos aquí, no hacen daño. Sin embargo,
la escena era aterradora. Un poco más grandes, o un poco más venenosas serian
una plaga que nos devoraría en cuestión de minutos.
Ellas al
parecer sintieron mi presencia, todas comenzaron a desplazarse como locas, de
un lado hacia otro, arriba y abajo, dementes y asustadas. Y yo, yo estaba como
una idiota, contemplando el mapa de mi fregadero, las rutas que seguían unas y
otras sin desviarse, el orden y rigor de pasarse delante de otras sin
atropellar o gritar. Sí, esto lo supongo, no puedo tener certeza, no las oigo.
Suelo defender a los animales,
ellos merecen la vida más que nosotros que nos hemos encargado de joder el
planeta y abreviar los recursos que nos dan vida, les decía, que yo que suelo
defender los animales, tomé de prisa la esponja de fregar y la pasé por un lado
del fregadero, el lado que daba hacia afuera. Luego abrí la pluma a toda presión
y vertí agua para que se fueran por el desagüe pa’ bajo. No las quería en mi cocina, no las quería en
el apartamento, no después de haber visto de lo que son capaces. Cuando el tiempo de la venganza se abra para
aquellos a quienes hemos dañado y entonces puedan, sin prisa, hacernos pagar
por cada atrocidad realizada a nombre del progreso o la desinformación, sé que
yo, me iré por algún desagüe sin que pueda evitarlo o seré devorada por hormigas
que harán en mi cuerpo un mapa exacto de rutas irrepetibles para aprovechar
cada gramo de azúcar que se escurra por mi piel.

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