martes, 12 de noviembre de 2013

amigos desde niños



Éramos adultos cuando nos encontramos, mejor dicho, reencontramos.  La niñez de aquella época era más divertida que la actual.  Teníamos más espacio para movernos, más ganas también. Había imaginación para emprender locas mentiras que nos parecían maravillosas por el hecho de que eran mentiras.  ¿Desde cuándo una mentira que no sabe a mentira es divertida? El asunto es que nos encontramos, sí, reencontramos.  El estaba un poco calvo, yo más cegata, él flaco como siempre, yo gorda como pelota. No seguiré enumerando las especificaciones de nuestras desgracias particulares y compartidas. Allí estábamos sin haberlo planificado.  ¿Qué ocurrió en los últimos 34 años? Muchas cosas.  
El resumen será breve.  Primero, nunca  me casé y él se casó tres veces.  Parecerá que esto es una historia de amor pero no lo es, son cotidianidades.  Tiene un negocio de gomas, electromecánica y mecánica liviana, tres hijos, alta presión y dos hipotecas, la del local y la de la casa de su última esposa. Yo tengo mi mazdita, un bachillerato en ciencia y vivo alquilada.  Sigo siendo antisocial, prefiero las noches para pensar y actuar, mastico chicle a toda hora y mi pelo aun no logra convenios con el cepillo. Oye, pero, que has hecho, te ves muy bien. Me dijo. Embustero de mierda. Contesté.   

 La conversación duró aproximadamente 11 minutos. Me pareció una eternidad.  Preguntó por mis padres, por mi mascota muerta hacía más de 20 años, por mis alergias mañaneras y por los primos con los que siempre peleaba en la escuela. Debía ser educada, así que le pregunté por sus hermanas, su caballo Pocho, si su padre aún era alcohólico, si su madre seguía con el beauty, por sus tías, su operación de vesícula y su sueño de volar avionetas.  Se despidió con un beso y un mini abrazo, de esos que detesto dar.  Al irse con su compra para dividir en tres bocas distintas lo miré sin disimulo. Igual de chumbo, más jorobado, el mismo pie tirando pa dentro. Carajo, ¿cómo es que fuimos tan amigos en la elemental? Mi madre tiene decenas de fotos en las que estoy con él, todo el tiempo con él. Bromean en la familia diciendo que él no logra un matrimonio feliz porque está esperando por mi. Que somos aun uña y mugre. ¿Qué me unía a ese muchacho? 

De pronto gira su cuerpo, camina hacia mí y me dice, casi como secreto y burlón: Así que estudiaste ciencia. Sí. Le dije en tono de no jodas.  ¿Experimentas con hormigas? Lo miré fijamente y me despedí, así, cortante y cruel, con mirada de rechazo que pintaba asco y odio. Espera, dijo riendo y sosteniéndome por el codo. No te agites. No es gran cosa. Aun soy tu partner. Tú las observas, yo aún me las como.  Solté de mala manera mi brazo de su mano, lo miré mal, harta de odio. Caminé de prisa hacia mi mazdita. Al arrancar, sonreí.  Comprendí de dónde venía aquella juntilla tan insana. Recordé todo con mínimo detalle.  Echar la tierra de los hormigueros en agua, que el montón hormigas flotara, en una pañuelo escurrir las hormigas y luego disfrutarlas como exquisito manjar, mientras yo observaba como estas intentaban huir de su diminuta boca. Coño. Dije en voz alta. ¡Aún come las hormigas!

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