Esto de ser un fanático de las hormigas puede
ser un poco difícil. Los temas de política a muchos les estremece. Creo que entienden
a qué me refiero con temas políticos. Porque esto lo es, sin lugar a dudas. Yo he comenzado a vivir aceptando el enlace
fugitivo de mi fascinación. Lo científico
lo dejo a los científicos, sólo me circunscribiré a lo que he aprendido de
ellas. Y han sido varias cosas, muchas
en verdad, aunque me cuesta recordarlas todas.
Por ejemplo: Me arrimo al pan como he visto que
ellas lo hacen. Desde pequeña, si
alguien se metía con mi trozo de pan, podía salir picado. El pan me dirige, me fortalece, me forma. Tengo
una ruta, fomento el trasiego y la venta del pan.
También tengo latente el gusto por el azúcar. Lo
dulce es perjudicial para mí, pero imposible de ignorar. Sin embargo, debo ir
aprendiendo su manera de socializar, ese poco me importa que otro me toque o yo
tocar, chocar, seguir. En mi caso, el
espacio personal es demasiado importante. No me agrada que me roce o me toque
cualquiera que se cruce en mi camino, aunque sea de mi clan. Eso de estar
chocando narices para compartir información no me parece higiénico y ni decir
el treparme sobre otro para alcanzar un objetivo.
Es por eso que mi fascinación o fanatismo se
queda ahí, en las gradas. Tengo costumbres tan humanas, que me imposibilitan
acercarme si quiera a esa especie fascinante y trabajadora, unida y rutinaria. Queda
entonces permanecer, vociferar, seguir, observar y en ocasiones, pocas
ocasiones, aniquilar a estas diminutas criaturas. Lo mejor es cuando me sorprendo haciendo
voces, diminutas también y transcribiendo sus diálogos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario