Las hormigas no le tienen miedo al exterminio. No lo necesitan. No temen al debacle de su
clan ni a la quiebra. Duermen sin levantarse a espiar por las ventanas
intentando cuidar la propiedad privada que no les pertenece. Desayunan y meriendan
sin angustiarse por la muerte o el alza en la gasolina.
Allí en su universo terrestre, complejo y
amenazado, no existe la bolsa de valores. No pierden grandes sumas imaginarias
de riquezas imaginarias robadas al imaginario de otra hormiga. Porque al fin y
al cabo, las hormigas son hormigas sin planes de exterminar a otras hormigas
distantes con una bomba insecticida que podría, estúpidamente, exterminarlas a
ellas mismas.
Todo esto me provoca envidiarlas recelosamente,
enojadamente, con pasión y determinación. Envidiar su tranquilo recorrer por
las superficies de los gabinetes, su orden desabrochado y el lenguaje táctil y olfativo de sus conversaciones. Es
cierto, me enojo en ocasiones, más que todo porque no entiendo su búsqueda incesante
de pan o migajas de pan, su sincronizada exploración por esas planicies
enchapadas de la cocina.
Pero no importa, lo que importa ahora es que me
hubiese gustado mucho ser una hormiga y estar, tal vez, escribiendo versos
raros, de envidia a otro animal bajo un árbol. Quizás también merodear y
conquistar con piropos improvisados al chocar con otras hormigas cuando sigo
alguna pizca de pan. Qué ironía esta, escribir como hormiga, sentir como
hormiga, multiplicarme y ser aplastada por el dedo de alguien igualito a mí.
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