El espacio entre brazo y brazo es demasiado corto. Es corto para extenderlo a los que van cerca del abismo. Sabemos que con solo extender tal extremidad podríamos salvar al otro del hoyo siniestro del olvido. Mas no sé de dónde surge la idea de que estirar el brazo nos arrastrará a ese "hoyo" junto con ellos. Por eso tal vez nuestros brazos siempre están hurgando nuestros huecos como medida clara a no mirar el otro. ¿Una manera mortal de protegernos?
Eso no es malo, pienso. No es malo, sé. Simplemente
pica este continuo andar hacia nosotros mismos. Eso no es malo, pienso. Eso no
es malo. Lo que ocurre es que, observar desde la ventana la soledad del mundo
acompañado hace que tantos solitarios seres pudran mi tristeza. Cómo es que no
podemos estirarnos, alcanzar, dar un poco lo que no llega lejos, que se queda
cerca. Porqué no ofrecer pan a una boca similar a la nuestra, que habla, que sonríe,
que musita y maldice. Cuándo nos
convertimos en esto que caminamos. Cuándo en lo que odiamos. Nosotros no cargamos a nuestros muertos para comérnoslos.
Si es cierto eso de que las hormigas se comen a sus muertos, si es cierto que
no nos comemos a los nuestros.
La proximidad del otro me da pavor, el acto del
tacto, la cercanía inminente del desconocido. Pregunto de dónde heredé el porte
antipático, el acto antisocial. Cómo aprendí la desconfianza, el mirar
receloso. Los pasos que llevo me inundan de cuestionamientos y denuncias, mas
no alivian mi pesada culpabilidad. Ha sido
tan poco el pan que han dado mis brazos, ha sido tan poco el techo, tan pocos
los abrazos, tan limitados los abrigos, los cafés, la palabra útil. No soy una hormiga ni soy superhéroe. Aun no
tengo la medalla de la paz sobre mi abrigo. Soy lo que soy en medio de tanto humano. Una humana
más que detesta el proceder típicamente humano. Una humana que se convence de
todo lo que la humanidad ha destruido. Un humana que fantasea y quiero ser
diferente, ser otra cosa, ser un mejor animal que pueda decir: “vivo, me
reproduzco sobre un globo de tierra”.
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